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Agencia para la Reincorporación y la Normalización

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Historia de éxito

Cuando el amor lo cambia todo

​José culminó su proceso de reintegración en el 2017 y junto a su esposa ahora administra su propio negocio. Su meta es sacar a sus hijas adelante. Foto: ARN Meta-Orinoquía.

Inírida , 12/03/2018

En el oriente del país, en el departamento del Guainía, vive un hombre alegre y buen conversador, quien a sus 48 años sabe de todo un poco. Hizo parte de las FARC, se enamoró, fue papá, se desmovilizó, inició su proceso de reintegración, lo culminó, y ahora administra su propia tienda.   

Su nombre es José Galindo y su infancia no fue la mejor. Podríamos decir que su paso por el grupo armado fue una amarga experiencia, pero no fue así del todo, porque desde muy temprana edad José soportó los castigos severos de su padrastro y fue entonces cuando a los 14 años encontró en las FARC una escapatoria.                     

Tienda El Jazmín 

Llegamos a su casa de tabla de madera en donde además funciona su tienda y nos recibió una pequeña de 9 años, hija de quien le entregó 23 años de su vida a un grupo armado. Posteriormente salió Yolima, la esposa, y finalmente llegó José con una gorra roja, como buen hincha del Club América de Cali.  

Seguimos hasta el fondo de la casa en donde con orgullo nos mostró los paneles solares que él mismo instaló para tener energía y así vender productos frescos y fríos a su clientela. "En el grupo utilizábamos los paneles para cargar los radios" y así comenzó a relatar los diferentes momentos de su vida.  

Con una memoria lúcida, cuenta que ingresó al grupo el 5 de agosto de 1987 y salió en marzo del 2008. "Dejé todo lo que cargaba y salí del grupo como entré, sin nada".  

La familia  

Yolima fue fundamental para que él se diera cuenta que su lugar no era en el grupo armado sino al lado de ella, pues con amor logró darle aquello que él nunca tuvo: una familia.  

"Yo la conocí a ella por fuera del grupo, se embarazó y tuvimos la primera bebé. A veces duraba hasta 6 meses sin verlas, entonces eso me puso a pensar qué hacía allá y tomé la decisión de irme para estar con ellas", cuenta, mientras mira con amor a su querida esposa.  

José ya no andaba solo y en busca de mejores oportunidades se comunicó con una hermana, quien le sugirió que se fuera para Inírida, pues allí se recogía el oro. Al llegar el panorama fue diferente, del oro que le hablaron poco conocieron y las dificultades que conlleva iniciar una nueva vida hicieron que empezara a trabajar como jornalero en fincas. Al tiempo logró comprarse una balsa para transportar y comercializar víveres hasta comunidades apartadas, algo así como una 'tienda móvil'.  

Una oportunidad lo cambia todo 

Su proceso de reintegración fue exitoso. Terminó la primaria, junto a su esposa se capacitó en el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) en emprendimiento, cumplió con 80 horas de servicio social en un centro para el adulto mayor, y el beneficio de inserción económica que obtuvo de la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN) lo invirtió en una tienda.  

Su negocio está ubicado en el barrio El Jazmín, vía a la comunidad indígena de El Coco, y es estratégico porque los otros establecimientos comerciales que hay en el sector son pocos y además costosos. José vende a un precio justo todos los productos de la canasta básica familiar.  

Aquí me quedo 

El rostro de José inspira confianza, resulta agradable hablar con él y lo hace con precisión. Puede recordar fechas exactas y conoce muy bien el territorio. Por ejemplo, asegura que el 90 por ciento de la población en Inírida es indígena, hay siete etnias en Guainía (Piapoco, Puinave, Sikuani, Desano, Yeral, Piratapulla y Tucano) y en el municipio se presenta una muerte violenta cada cinco años, "razones de sobra para quedarme a vivir aquí", comenta.  

Desde Inírida salen embarcaciones hacia destinos como los Cerros de Mavecure o la Estrella Fluvial del Sur y como José es un trabajador incasable, realiza viajes turísticos en su balsa en la temporada turística que es de enero a abril. 

Al entrar de nuevo a su casa, José nos enseñó las fotos de sus hijas cuando eran bebés y vuelve en el tiempo para concluir que no quiere que tengan que pasar por lo mismo que él. "Nos vinimos a vivir al área urbana de Inírida para que las niñas puedan ir a la escuela", dice.  

José y Yolima solo quieren dos cosas: que sus hijas sean felices y profesionales. Las niñas son tímidas y se esconden entre los brazos de su papá, son cariñosas, juiciosas y obedientes. Todo indica que sus padres han hecho bien la tarea.  

Nos despedimos, no sin antes tomar agua para calmar la sed, producto del calor de Inírida, y nos retiramos con la promesa de volver pronto para ver su tienda más grande, pues dentro de poco empezarán a vender carne y pollo. Al fondo queda la imagen de esta familia a la que el amor les cambió todo.

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