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SALA DE PRENSA - ALTA CONSEJERÍA PARA LA REINTEGRACIÓN
REPORTAJES ESPECIALES OCTUBRE - 2010

El sencillo acto de disfrutar lo que se ve, lo que se escucha y lo que se hace

Todos los domingos en la calurosa Ibagué, un grupo de personas se reúne a aprender y compartir a través del arte. Este es el relato de uno de esos domingos…

Pocas disciplinas tienen la capacidad de emparentar y hermanar a los seres humanos como las manifestaciones artísticas, en especial la danza y la música, que, por su naturaleza no verbal y grupal, hacen que la comunicación trascienda el sentido, los protocolos, las palabras, los discursos y enfrentan a los seres humanos con su capacidad de comunicarse con otros sin hablar, sólo escuchando.

Cuando desaparecen las palabras, desaparecen las contradicciones, las coincidencias, las argumentaciones, queda el campo libre para la armonía, la sincronía, la inercia, la atracción. Las preguntas y las respuestas se hacen con sonidos, con gestos, con miradas. Esas “frases de nada” son afirmaciones o negaciones que ni contradicen ni verifican, sólo tienen la función de unir a quienes los emiten y los reciben por medio de una frase rítmica o un movimiento.

Eso es lo que sucede una y otra vez cada domingo en la tarde en el antiguo Colegio Comfenalco de Ibagué. Decenas de personas de diferentes procedencias acceden a este nivel de comunicación, empatía y armonía con otros distintos a ellos. Cada domingo, durante cuatro horas asisten a los talleres de música y danza impulsados por una motivación íntima y única: hay quien quiere aprender a bailar en las fiestas, porque se avergüenza de no poder hacerlo bien, otros quieren cumplir el sueño de verse aplaudidos en un escenario, algunos más quieren dar rienda suelta a las inquietudes musicales incubadas en el silencio de sus historias, otros simplemente van a hacer amigos, a reír, a hablar, a escuchar. Más de uno quiere simplemente evadir la soledad de la tarde del domingo. Todos van impulsados por algo distinto, pero los que se quedan, se quedan por una razón universal: el gusto de sentirse acompañados en el sencillo acto de disfrutar lo que se ve, lo que se escucha y lo que se hace.

Vienen muchos, no siempre los mismos. Sería ideal que fueran muchos más. Pero todos los que vienen o van entran a este juego con reglas de sonido y movimiento. Cuando las reglas obedecen a palabras se pueden contradecir, adoptar o rechazar, obedecer o ignorar. En este caso, la regla es: ver y escuchar, y eso sólo depende de la voluntad de quien oye y ve.

Placeres personales hay muchos; placeres compartidos y colectivos pocos. La sonrisa que atraviesa el rostro de esas decenas de personas al recibir el aplauso de sus compañeros de taller tras mostrar un ejercicio bien hecho es uno de esos. La sonrisa del que baila y toca un instrumento bien, la sonrisa del que aplaude por solidaridad, respeto, aprobación o incluso admiración, es la misma sonrisa de los profesores que escuchan y ven con aprobación y asombro cómo se aprende cada vez más rápido, cómo se abren las mentes, las manos y los cuerpos a la música y la danza. Es la sonrisa que flota en la mente de quienes siguen trabajando cada domingo en ideas, preguntas y respuestas para todas esas personas que esperan el taller.

La naturaleza de los procesos sociales depende en gran medida de la intención que le impronta quienes los dirigen. La naturaleza de los procesos de cambio social plantea un sinnúmero de preguntas, y pocas respuestas probadas dentro de la lógica de la medición cuantitativa. Esto plantea tantas dificultades como posibilidades, una de ellas, que es punto a favor y en contra del mismo proceso, es la inexactitud y volatilidad de las señales que van mostrando el cambio.

Lo imperceptible de la transformación de la vida interior de un ser humano es lo que hace que las iniciativas sean un acto de fe y de pura imaginación. Pero en ese mismo lugar radica su enorme potencial: mientras las cifras llegan a topes y las proyecciones de los procesos responden a la lógica de los marcos institucionales, las posibilidades de éxito de un proceso humano que pasa por los lenguajes del arte tiene los límites que pueda tener la imaginación de quien los concibe, los alimenta y los transita.

Los límites y las proyecciones de este proceso pedagógico en música y danza están enmarcados allí, en la imaginación de quienes hacemos parte de él, lo construimos, los vivimos y los transitamos.

Diez domingos después de haber empezado, cuando faltan 14 más para la muestra final, ya se ven bocetos coreográficos, rasgos de movimientos definidos en las clases de danza, se ve la apropiación que van haciendo los estudiantes de su propio proceso. Se escuchan minutos largos y sostenidos de cumbia, bien ejecutados, se escuchan los rasgos de los toques de tambora, de un posible mapalé, se escuchan algunas versiones que van tomando forma de canciones para acompañar el trabajo instrumental. Pero, sobre todo se ven cuerpos cediendo al impulso de la música, se ven manos que se toman y se tejen para sostener cuerpos de otros compañeros, se ven rostros tranquilos, se escuchan preguntas, se oyen respuestas. Se escuchan protestas, reclamos, pero se ven las sonrisas detrás de ellos. Se ven los juegos de los pequeños que acompañan a sus padres, se ven sus dibujos de niños, sus chistes, sus bromas, sus carreras y carcajadas.

Se ven decenas de hombres y mujeres que llegan cada domingo en la tarde a una clase de música y danza, y se ven salir esas decenas de hombres y mujeres cantando y riendo por lo bien, lo regular o lo mal que les fue hoy. Se ve un grupo de gente que está aprendiendo a quererse, que está aprendiendo a ser grupo, a ser uno más con los otros y de los otros.
Esto que se ve, es el paisaje que más se parece a la paz de todos los paisajes que he visto.

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