Historias Exitosas
Roberto Méndez, el vendedor de anhelos
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Para recuperar los tres años que estuvo en prisión, Roberto Méndez se convirtió en un trabajador incansable y un estudiante sobresaliente. Además, reserva momentos especiales para compartir con su familia.
Todos los días, a las cinco de la mañana, con sus cestos atestados de panes de arroz y almojábanas frescas, Roberto Méndez llega a la Terminal de Transportes de Acacias (Meta) y, durante cinco horas, movido por el anhelo de construir un futuro de prosperidad para su familia, ejecuta una maratónica jornada en la que ofrece estas delicias a cientos de viajeros.
Antes, un poco antes, con su esposa Claudia Jimena, amasa sus grandes sueños al calor de los hornos de panadería que recientemente adquirió con ayuda del Gobierno Nacional, y con los que ya ha empezado a conquistar sus anhelos.
Edificó un techo para su familia y recientemente compró un carro con el que se rebusca un dinero adicional, trasportando pasajeros y mercancías entre Granada, San Martín y Villavicencio. Por si no fuera suficiente, durante varias horas al día, estudia juiciosamente para sacar adelante la carrera de Administración de Empresas que cursa en la Universidad Nacional a Distancia (Unad), desde hace dos años.
A su jornada diaria, definitivamente le faltan horas, pero lo sobran ganas de salir adelante. Esta es, quizás, la manera de devolverle a su mujer tantos años de sacrificio… Ella, durante tres largos años tuvo que pasar por las ‘duras y las maduras’, vivir de las artesanías y del rebusque, mientras él purgaba una condena de tres años en la cárcel de Picaleña en Ibagué.
Un recorrido al infierno
El 7 de mayo de 2001, Roberto fue detenido por concierto para delinquir. Su nombre aparecía en la nomina del bloque Tolima de las Autodefensas Unidas de Colombia y, para completar sus desgracias, las autoridades tenían en su poder un documento, escrito de su puño y letra, en el que se relacionaban el número y las características del armamento en poder del frente de las AUC que operaba en el departamento del Tolima.
En aquel tiempo era taxista y, por esas cosas del destino, terminó transportando paramilitares. Cuando los combates con la guerrilla tomaron proporciones inusitadas, Roberto fue contratado para llevar un mercado hasta un campamento en el municipio de San Luis.
“En una muestra de agradecimiento –dice Roberto– el comandante Elías me mandó 400 mil pesos, y yo disque feliz porque además me había pagado bien el servicio. Ese dinero fue el que incluyeron en la nomina, a nombre mío. Para completar, ese día, los jóvenes a los que les entregué la remesa me pidieron el favor de escribir un informe para el ‘jefe’, pues ninguno de ellos sabía escribir”.
Los abogados de oficio creyeron en su inocencia, pero era muy complicado explicarle todo esto al juez. Tres años después le dieron libertad provisional y desilusionado por todo lo que le había pasado y ante la falta de oportunidades tomó una mala decisión y decidió ingresar a las filas de las Autodefensas.
Estuvo pocos meses militando en las AUC. Sin embargo, esos pocos meses le sirvieron para aprender el valor de la familia y para entender que no podía desaprovechar la magnífica oportunidad que llegaba a su vida para empezar de nuevo. Esta vez, no había oportunidad de volver atrás.
Lo primero que hizo fue terminar el bachillerato y recuperar el tiempo perdido. Dedica sus días por completo al estudio, al trabajo y sobre todo, a compartir con su esposa y sus hijos, que son sus alas de libertad con las que ha empezado a alzar vuelo.