Historias Exitosas
Jose de Dios, el deportista de la paz
Jose de Dios Guevara se puso la camiseta de la paz en los ‘XVII Juegos Deportivos por la Paz y la Convivencia’, un evento tradicional en la región del Magdalena medio que busca fortalecer los lazos de fraternidad entre los pobladores. Todo un gesto de agradecimiento por los logros alcanzados en su proceso de reintegración.
Por Karen González
Ese día José de Dios Guevara se levantó más temprano que siempre. A toda prisa se dirigió a sus tierras, un terreno alquilado en la zona rural de Pelaya, para apilar allí los dos últimos bultos de maíz producidos en su primera cosecha. Terminada la labranza partió en su moto-taxi por la polvorienta carretera que despunta hacia el municipio de Tamalameque, en el sur del departamento del Cesar.
Era el 13 de enero de 2009, y en la afamada ‘tierra de las tamboras’ y de la ‘Llorona Loca’ se daba inicio a los Juegos Deportivos por la Paz y la Convivencia del Brazo de Mompox y el Magdalena medio, un evento tradicional de la región Caribe, que se realiza ininterrumpidamente hace 17 años y reúne deportistas de 36 pueblos cercanos y más de mil visitantes.
José de Dios arribó al municipio cuando comenzaba el desfile inaugural. Inmediatamente se puso la camiseta de la paz y como parte de la delegación de desmovilizados se unió a las comparsas culturales y a las representaciones deportivas provenientes de Agua Chica, Becerril, Bosconia, Curumaní, El Banco, El Burro, El Copey, Gamarra, La Gloria, La Jagua, Mompox, Pailitas, Río de Oro y San Martín.
Ni el aplastante calor, ni la plaga de insectos lograron impedir que miles de personas se volcaran masivamente a las calles. Todos querían ver de cerca a los deportistas y, especialmente, a los colombianos en proceso de reintegración.
Estaban asombrados y no era para menos. “Durante décadas el descuido estatal para combatir el terrorismo mantuvo a los cesarenses como esclavos de la guerrilla y luego, ese mismo descuido estatal para combatir el terrorismo llevó a que la gente, en medio del desespero, cayera presa de otro problema, del problema del paramilitarismo”. Esto recordó por esos días el presidente Álvaro Uribe Vélez, durante un Consejo Comunal.
José de Dios cayó en el flagelo de la violencia por culpa del desplazamiento forzoso y la falta de oportunidades. A los dos años quedó huérfano de padre. A los 10 fue desterrado. La guerrilla
–recuerda– amenazaba constantemente a su familia con reclutar a los tres hermanos mayores. Prefirieron dejarlo todo. Perdieron la tierra y engrosaron los cinturones de miseria de Pelaya. José de Dios dejó la escuela, trabajó como campesino y lavador de carros y luego tomó el equivocado camino de las armas.
En la comitiva de la ACR abundan historias como la de José de Dios. Luis Norberto Ballesteros, por ejemplo, vivió con su abuela hasta los 10 años. La guerrilla la mató, pero lo peor sucedió después. Su madre no quiso recibirlo porque tenía un nuevo hogar, con otro esposo y dos hijas. Fue indigente, pandillero y, finalmente, ingresó al Bloque Central Bolívar, BCB.
A Luz Dary no fue la pobreza sino el amor lo que la llevó a la ilegalidad. Para estar cerca del hombre que le gustaba, un mando medio en esta zona del país, ingresó al grupo y se encargó durante varios años de la logística para la atención en salud de paramilitares heridos de gravedad, servicio que no pudo prestarle a su compañero, quien pocos días antes de la desmovilización del frente, muere en combates con la guerrilla.
La paz, un trabajo de todos
José de Dios corrió con suerte y pudo regresar con vida a casa. Pero su madre María Celina Ascanio enfermó de sufrimiento. “Durante muchos meses lo dio por muerto, y luego, cuando supo su paradero, vivió en el infierno… –dice su vecina y hoy esposa de José de Dios, Tedis Ledis – Sentimos una alegría profunda cuando regresó”.
En la legalidad, la vida de José de Dios se convirtió en una parábola de cómo las ganas de salir adelante pueden inspirar a un hombre a realizar los más grandes sacrificios.
Desde las tres de la mañana está en pie para ayudarle a Tedis con el restaurante de carne asada que improvisan en una carreta ambulante, cultiva la tierra, trabaja como moto taxista y asiste al colegio para terminar bachillerato. Aspira ingresar en pocos meses al curso técnico Mecánica de motos a cuatro tiempos, que ofrece el Sena.
Está empeñado en llevar progreso y desarrollo a su familia, por eso, además, cumple a cabalidad con las exigencias del proceso de reintegración. Realiza acciones para la reparación simbólica de las víctimas. Por eso, aunque nunca ha sido buen deportista, para demostrarles a los vecinos su gran compromiso con la paz, hace parte del comité organizador de los Juegos y representa a los desmovilizados en los torneos de tejo largo y microfútbol.
En la cancha, mientras improvisa lanzamientos fallidos, cuenta que pasó de frente en frente para poder desmovilizarse lo más rápido posible, pues desde el mismo día que entró al grupo armado se arrepintió de su decisión. Por eso, después de una travesía que lo condujo del departamento del Cesar hasta Vichada, el 24 de septiembre de 2005, en el municipio de Cumaribo, hace parte de la desmovilización colectiva número 19 dentro del proceso de paz entre el Gobierno y las Autodefensas Unidas de Colombia.
Un gol a la reconciliación
Durante los días de los juegos, Tamalameque estuvo habitado por el espíritu de la reconciliación. Todo era paz y alegría. Algo verdaderamente increíble sucedió en la casa de Marleny Ríos, una corpulenta mujer de cabellera blanca, quien alojó a 12 participantes del proceso de reintegración durante los cinco días que duró el certamen deportivo.
Sin conocer su pasado, Marleny Ríos les abrió las puertas de su casa y se llevó muchas sorpresas. Jorge Emiro León, uno de sus huéspedes, le agradeció con un abrazo por haberlo dejado entrar al seno de su hogar, gesto que conmovió mucho a esta mujer.
“A los desmovilizados me los imaginaba diferentes, como los pintan en las noticias. Ahora que he tenido esta maravillosa oportunidad de conocerlos me doy cuenta que son personas muy especiales… simplemente, se equivocaron en la vida; pero, ¿quién no lo ha hecho? Ahora creo que la gente sí puede cambiar”.
Y así es. José de Dios Guevara, Norberto Ballesteros, Jorge Emiro León, Luz Dary y más de 30 mil colombianos que alguna vez se despeñaron por el camino de la violencia, con su compromiso están ayudando a transformar sus pueblos y le están demostrando al país, con el deporte, que la paz sí es posible.
Contagiado por el espíritu de reconciliación de estos hombres y mujeres, el alcalde de Tamalameque Boris Pisciotti, se comprometió a rescatar el tradicional festival de las tamboras. Ahora quiere, con el lenguaje universal de la música, seguir aportando a la construcción de una mejor Colombia.